San Valentín y el amor

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Hoy es otro de esos días en los que supuestamente se celebra el Amor, la gente compra cosas para regalar a otros y se mandan mensajitos diciéndose lo mucho que se quieren ¡Que bonito!

Pero la verdad es que hoy no es más que un día como otro cualquiera, un día en el que obviamente debería de haber amor, pero no por ser San Valentín, sino porque el amor debería ser la razón principal que dirige nuestras acciones. Lamentablemente esta mierda de sociedad regida por un devastador capitalismo sin escrúpulos no promueve más que el egoísmo, el materialismo, la competencia, la irresponsabilidad, la indiferencia y el individualismo entre nosotros y a los que no consideramos como nosotros. Tan perdidos nos encontramos que incluso necesitamos celebrar la fiesta del amor una o dos veces al año para no olvidarnos de que éste existe.

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Introspección

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El cambio psicológico llega cuando sentimos en nuestra mente la violencia con la que tratamos a esos que siempre hemos considerado “productos vivos” para ser consumidos.

Una verdad incómoda que nos hemos acostumbrado a esconder entre lo normalizando. Ya sea en el hábito, la rutina o el placer egoísta que secunda el conjunto de mentes. Y es que como decía José Ingenieros; “En la culpa colectiva se esconde la responsabilidad de cada uno.

El insaciable consumismo y su relación con la comida

Atrapados en una sociedad que nos incita a producir y comprar de manera irreflexiva, innecesaria e incluso perjudicial, hemos quedado emocional e intelectualmente anclados en la superficialidad y la decadencia moral. Sin ser capaces de advertir de que el acto más revolucionario contra ese consumismo se haya en algo tan básico como son nuestros platos.

Suena el despertador a las 7 de la mañana y nos levantamos con el objetivo de ir al trabajo, donde invertiremos más de 9 horas entre trayectos, comidas y faena haciendo algo que seguramente ni siquiera nos gusta ni nos interesa, repitiéndolo así durante al menos cinco días a la semana. Y cuando llegamos a casa después de esa agotadora jornada laboral nos sentimos reventados, pero no podemos olvidar de que en ella también hay faena que realizar. Así que al final del día el tiempo que nos queda para disfrutar haciendo lo que nos gusta es bastante escaso, por no decir efímero, y suele reducirse a ver un rato la tele, a ejercer la navegación fantasma por internet, a tomar una cerveza con algún amigo fuera y poco más. Los más sacrificados quizás invertirán parte de ese escaso tiempo libre que les queda para hacer algo productivo, como practicar deporte o algún otro tipo de actividad personalmente beneficiosa, pero no por ello divertida.

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