Sobre el falso ecologismo (II)

Antes de dar comienzo, es importante señalar que en la primera parte de la lectura que sigue a continuación, nos hemos limitado principalmente ha señalar ese problema de base, del que muchas veces sin ser consientes de ello, se encuentran anclados los distintos movimientos ecologistas actuales, o aquí llamados “falsos ecologismos”. En resumidas cuentas ese problema de base reside en que la concepción antropocentrista, que envenena cualquier intento de ese movimiento por comprender objetivamente la realidad natural existente en la que el ser humano se halla y a su vez condiciona sus actividades a interactuar en ella o tratar de resolver problemas siempre en beneficio de los intereses particulares de nuestra especie, pero sin permitirle darse cuenta de que el resultado final acaba siempre siendo el contrario al deseado (pues también nos perjudica).

Por esta razón hemos llegado a la conclusión de que es necesario establecer las bases de un nuevo paradigma moral y ecológico (contrario al arbitrario antropocentrismo) sobre el entendimiento de la existencia y que a su vez también señale las prioridades de nuestras acciones en la interactuación con el medio natural en el que nos encontramos. Y para ello hemos concluido, que el primer paso a establecerse para realmente romper con dicha doctrina, es la consideración moral y legal del resto de individuos de otras especies.

A partir de aquí, decidimos seguir con la cuestión que se ha presentado.

 


Indistintamente de la ubicación geográfica, el nivel de educación, la cultura, la religión, la ideología o el intelecto de las personas entre otros aspectos, parece existir una gran confusión y desacuerdo entre la mayoría de las personas sobre la aceptación de lo que en realidad hace valiosa la existencia, o más concretamente, la vida. ¿Es el simple hecho de vivirla? ¿Es el poder preguntarse sobre ella? ¿Es el pertenecer a la especie humana? ¿O es simplemente el formar parte de ella?

En realidad no, en contra de los pensares generales, ninguna de esas suposiciones es lo que da significado o valor a la existencia. Lo que realmente da valor a esta realidad objetiva en la que todos nos hayamos, es la capacidad que tenemos los individuos de poder experimentarla de manera subjetiva, y preferiblemente que sea de manera satisfactoria. Y es que la mera presencia de esta realidad sin sujetos que pudieran experimentarla, sería casi lo mismo que si simplemente no existiera, pues nadie podría percatarse de ella (al menos en un espacio-tiempo determinado), “y en consecuencia” carecería de ningún tipo de valor.

Es por esta razón, que los animales no humanos también han de ser considerados como individuos dentro de los quehaceres de nuestra especie, porque “ellos” también disponen de la capacidad para percibir la existencia de manera subjetiva (además de tener intereses). Al igual que nuestra especie, ellos también tienen conciencia.

Imaginemos por ejemplo la existencia de un bosque, que ya de por sí, no tiene ningún tipo de “valor intrínseco”, pues ni el mismo bosque en su conjunto, ni ninguno de sus arboles pueden percibir su propia existencia. Por eso su valor es únicamente “instrumental”, porque este es valioso en el sentido de que el espacio que conforma puede ser experimentado y disfrutado por los individuos. Pero si no hubieran individuos, ya no poseería ni siquiera ese valor instrumental. Es decir, los animales tenemos un valor intrínseco gracias a nuestra capacidad de percibir y poder experimentar la realidad objetiva, pero en cambio, un montón de arboles carecen de esa capacidad, pues aunque estén vivos, no sienten, no son “alguien”. En definitiva, no tienen conciencia de sí mismos ni de lo que hay a su alrededor.

En palabras del doctor en filosofía moral y política Oscar Horta¹ en su artículo “Por qué la capacidad de sufrir y disfrutar es lo importante;

“Lo que esto nos muestra es que el mero hecho de estar vivo no es algo que tenga en sí ningún valor. Lo que tiene valor son las experiencias que tenemos, todas las cosas que nos pasan a lo largo de nuestra vida, que son las que hacen que nuestra vida como tal sea, a su vez, valiosa. Tenemos intereses y necesidades porque tenemos experiencias, no por el mero hecho de estar vivos o vidas.”

Este entendimiento sobre lo trascendental en la existencia, anteponiendo el “valor intrínseco” del individuo sobre el “valor instrumental” de las cosas, se conoce como “cosmovisión sensocentrista”, pues prioriza de manera lógica la capacidad de poder sentir en contraposición a otras cosas, como por ejemplo al mero hecho de pertenecer a la especie Homo sapiens tal y como diferentemente prioriza de forma arbitraria el antropocentrismo en sus diferentes variantes (entre ellas el falso ecologismo). Conviene destacar en este punto, que la aplicación práctica del sensocentrismo nos lleva al Veganismo.

ecosensocentrismo

Pero a su vez, es necesario señalar, que el sensocentrismo por sí solo también carece de profundidad conceptual en el asunto que tratamos, ya que esta concepción tan solo señala la trascendencia de la capacidad de percibir la realidad explicita del sujeto; y por ende solo nos sirve como punto de partida para establecer derechos morales y legales sobre todo sujeto que percibe y coexiste en la realidad objetiva. Pero no para asegurar el equilibrio natural y supervivencia de esa misma realidad de la que dependemos en su forma biológica.

Es por ello necesario, hallar a su vez una visión más amplia y capaz de comprender los diferentes patrones químicos y físicos que constantemente interactúan en la realidad objetiva para mantener su forma biológica de la que todos los sujetos (animales) somos inherentes. Y aquí es donde entraría en juega para ocupar ese vacío conceptual dejado por el sensocentrismo, la cosmovisión conocida como “ecocentrismo”.

El ecocentrismo puro también rehúsa del antropocentrismo, pues planta su entendimiento en la necesidad de conservar el estado saludable de la naturaleza en su máxima diversidad y funcionalidad, sin anteponer especies animales a otras. Aunque sí pretendiendo, en la medida de lo posible, la supervivencia de todas las especies de manera equivalente (sin favoritismos de ningún tipo) (Destacamos que el ecologista Pentti Linkola mencionado en el anterior artículo sería un claro exponente de esta concepción)

Digamos que el ecocentrismo concibe el funcionamiento de la vida en el planeta de manera holista, explícitamente de una forma similar a lo que sería un gran organismo vivo (Hipótesis de Gaia). Es decir, entendiendo analógicamente la combinación de los diferentes fenómenos naturales; geológicos, hidrológicos, meteorológicos, químicos y biológicos existentes en el planeta, de la misma manera en que lo hacen los órganos, la sangre o las células dentro de un ser vivo. Como un gran ente que se auto-regula a sí mismo manteniendo unas condiciones adecuadas para sí, y en el que todos esos fenómenos son necesarios para salvaguardar esa dinámica natural. La parte práctica llevada a cabo por el ser humano conforme a dicha perspectiva se asentaría en el objetivo de preservar y perpetuar la misma. Aunque cabe destacar que bajo la óptica actual, éste ahora mismo, motivado únicamente por su pensar antropocéntrico (con su ramificación especista), sería lo más parecido a un virus.

ecosensocentrismo

Pintura fantástica que trata de reflejar la idea expresada por la Hipótesis de Gaia

A todo esto, cabe destacar que el ecocentrismo también padece de otra laguna conceptual, pues aunque asume un valor inherente a toda la naturaleza en su conjunto, desconsidera el valor intrínseco de los individuos (animales), otorgándoles tan solo un valor inherente e instrumental cuando están en grupo (especies). Es por esta razón que el ecocentrismo, aun sin ser antropocéntrico, tampoco es capaz de apreciar, no solo ese valor inhente de los individuos (propio), sino también el valor existencial que le da a la realidad objetiva nuestra mera presencia como individuos. Desconsiderando además, nuestro interés y necesidad por encontrarle un sentido al mismo (búsqueda del sentido de la vida). Si a esto le añadimos, que la desconsideración moral actual sobre los animales no humanos (individuos) desencadena además en la principal causa de destrucción del planeta, esta laguna parece incluso hacerse más profunda e ir en contra de su propia teoría.

Pero aquí es donde, a opinión del autor de este artículo, consideraría una fusión de cosmovisiones en substitución del anticuado antropocentrismo; y así la profundidad ética y lógica de la que carece el ecocentrismo podría ser perfectamente secundada por el sensocentrismo; mientras que el vacío conceptual sobre el entendimiento e importancia de los diferentes factores dinámicos naturales (incluido el Ser humano) en el rol para sustentar la vida en el planeta del que carece este otro, se vería igualmente recompensado en la aceptación de darle un valor intrínseco, aunque abstracto, al planeta en su conjunto, tan místico del ecocentrismo. Y es en este momento donde osaría en considerar un neologismo como “ecosensocentrismo”, para dar nombre a esta combinación epistemológica de concepciones. En la que el mundo se establecería por un orden de prioridades imparciales, que partiría de la consideración principal que nos otorga el “valor intrínseco” a los individuos, a considerar seguidamente el “valor instrumental” de la naturaleza, del cual el primero es inherente y a su vez dependiente para poder cubrir sus necesidades e intereses. Estableciendo de esta manera un proceder recíproco en el beneficio de ambos valores.

Destaco, que una humanidad motivada bajo la influencia de dicha cosmovisión idealista, resultaría satisfactorio en todos los sentidos y en su máxima expresión hasta el punto de que ya no serían ni siquiera necesarios los movimientos ecologistas. Pues ya de por sí, la puesta en práctica de esos valores fundamentales en la sociedad humana desencadenaría directamente en que todas nuestras acciones, como especie capacitada para crear (inventar y construir), serían siempre éticas, ecológicas y sostenibles. Prevaleciendo por ende, el deber y la prevención, a la resolución de un problema todavía inexistente. El resultado sería beneficioso hasta el punto, en que el ser humano podría incluso expandir la estructura dinámica-evolutiva de la naturaleza a otros mundos, o incluso transfórmala en algo mejor. Pero esa ya es otra historia…

 


¹ Cabe señalar que el hecho de que se mencione el trabajo de otra persona no supone que el mismo deba de estar de acuerdo con las conclusiones que hemos llegado en este artículo.