La importancia de las experiencias

Erase un ratón de campo que un día mientras buscaba comida fue a parar a una casa donde se encontró a un congénere viviendo dentro de una colorida jaula. Ante la curiosidad el ratón de campo se acercó al otro para preguntarle que por que estaba ahí dentro, y que en caso de que quisiera él mismo estando fuera podría abrirle la puerta de la jaula y así escapar juntos al campo donde podría disfrutar de las experiencias que le concede a uno disfrutar completamente de la libertad.

El otro ratón pareciendo bastante molesto le respondió qué porque iba él a querer dejar su hogar lleno de comodidades y ventajas, cuando él ya tenía todo lo que necesitaba. Tenía una ruedecita con la que hacer deporte, tubos en los que jugar y esconderse, tierra y agua limpia todos lo días, comida, un cómodo lecho en el que cabecear, temperatura agradable durante todo el año e incluso un techo que le protegía de cualquier hostilidad ambiental “¿Pero qué estás loco o que?” finalizó el malhumorado ratón de jaula.

El ratón de campo algo desconcertado ante la respuesta del otro, trató de explicarle que más allá de todas esas comodidades que mencionaba había todo un mundo que descubrir y explorar, aventuras que lidiar, amigos que conocer, amores que encontrar… Pero el otro ratón, todavía más molesto que en la ocasión anterior, le respondió que le dejara en paz y que se fuera a su mundo fantástico donde probablemente su vida no duraría ni la mitad de lo que iba a vivir la suya.

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El ratón de campo observando la lujosa jaula del otro ratón.

Finalmente el ratón de campo, ante tanta hostilidad, decidió seguir su camino en busca de nuevas experiencias…


Recuerdo que esta historia se me fue contada cuando tan solo era un niño, y que probablemente no acierto a recordar todos lo detalles. Pero el dilema viene a ser el mismo, la elección entre una vida cómoda y material basada en la rutina, o una vida activa, que aunque a veces pueda resultar peligrosa, le permite a uno disfrutar de nuevas y continuas experiencias.

Véase en la historia de los ratones una analogía a lo que ocurre normalmente en nuestras sociedades contemporáneas. La mayoría de seres humanos nos hemos acostumbrado a contentarnos con vivir en cómodas jaulas (pisos o casas) mientras que cedemos el sentido de nuestras vidas exclusivamente a nuestra actividad laboral. Nos levantándonos bien temprano cinco, o incluso seis días a la semana para ir a trabajar bajo la creencia aprendida de que es el trabajo, lo que determinará el sentido de nuestras vidas y el de la sociedad que en su conjunto formamos parte. E incluso en la mayoría de casos, relegamos el escaso tiempo libre que disponemos (consecuente del cansancio psicológico y físico que supone trabajar) al descanso, o cuando recuperamos algo de energía a comprar o consumir cosas y más cosas por el simple hecho de poseer (conjeturando de manera automática que eso nos traerá felicidad) y así decorar nuestras “hermosas” jaulas o disfrazar nuestras rutinas con ostentosidad.

No es raro pues, que siendo educados bajo el dogma de una supuesta felicidad consumista y materialista, acabemos creyendo que adquirir y tener sea el ideal a seguir. Y que en consecuencia, la mayoría de personas renieguen públicamente de aquellos individuos de mente libre que han sabido escapar de la trampa del materialismo encontrando la felicidad o el placer viviendo al margen de las normas de la misma.

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¿Acaso no suele considerarse popularmente al artista, al idealista, al viajero o al aventurero como personas indignas, irresponsables, vividoras o mero vagos por no disponer de un trabajo fijo, ni de propiedades e incluso de no preocuparse por ello? ¿Pero es acaso menos feliz el peregrino por poseer un mínimo necesario de posesiones que el sedentario por vivir en un “palacio”?

La realidad es que dicho reniego no es más que un mecanismo de defensa cognitivo, ya que la presencia de personas capaces de disfrutar de sus vidas sin necesidad de poseer, pone en jaque nuestras más arraigadas creencias materialistas. Y nos incita a dudar del sentido de nuestro tan arduo e incesante trabajo para conseguir esa falsa felicidad que continuamente nos vende el sistema capitalista a través de su publicidad.

Tal y como el profesor en Ciencias Políticas Carlos Taibo indica en(1):

“el hiperconsumismo al que se entrega buena parte de la población de las sociedades opulentas es antes un indicador de infelicidad general que una fuente de felicidad exultante”

“(…) un modo de vida esclavo que nos aconseja concluir que seremos más felices cuantos más bienes acertemos a consumir. Todas estas “verdades” merecen ser cuestionadas hipercríticamente.”

Taibo viene a determinar que el consumismo en realidad es una forma de vida carcelaria que, tal y como lo haría una droga, distorsiona nuestra realidad haciéndonos creer que cuanto más consumamos más felices seremos. Obligándonos a su vez a trabajar más de lo deseado y necesario, y despojándonos del ocio o dejándolo a un segundo plano. Y así es como en realidad este produce el efecto contrario, vidas condenadas a la desdicha y a la falta de aspiraciones personales.

Pero volviendo la mirada nuevamente a la historia de los ratones (siga teniéndose en cuenta la analogía a la sociedad), y haciendo especial hincapié en esa mención por parte del segundo ratón a una vida larga como supuesto síntoma de bienestar y felicidad, considero necesario que al menos cuestionemos la veracidad de dicha afirmación. Pues aunque ciertamente lo más probable es que la vida del ratón de campo sea más dura que la del ratón enjaulado, ya que este necesitará invertir más energía en cubrir sus intereses principales(2) enfrentándose cada día a riesgos inesperados y no acostumbrados. Ello casi seguro que debocará en un desgaste físico más notable que bien puede transfigurar en una vida más corta. En cambio, el ratón de jaula, inmerso en una vida tranquila, sin complicaciones y con todas sus necesidades e intereses básicos cubiertos, casi seguro que podrá “disfrutar” de una vida más larga. Aunque no por ello una vida apasionante o necesariamente feliz. Por el contrario, más bien aburrida y calada en la rutina ante la escasez de nuevas experiencias.

Por otro lado si bien es cierto que todo individuo es único e irremplazable, lo cual supone que nuestros intereses secundarios tampoco sean iguales; pues no todo el mundo disfrutaría de lanzarse con un paracaídas al vacío, mientras que para otros esa acción puede resultarles realmente satisfactoria. O lo mismo ocurre con cocinar, cantar, bailar, correr, dibujar, escribir y cualquier otra actividad ociosa que se nos pase por la cabeza, no todo el mundo las disfruta, o no las disfruta con la misma intensidad. Algo es indiscutible. Y es que todo el mundo(3) busca disfrutar de nuevas experiencias (positivas). Pues disfrutar de las experiencias es en sí mismo desde nuestra perspectiva subjetiva un interés fundamental y compartido por todo individuo que disgrega en toda esa gran gama de intereses secundarios diversos como los ejemplos acabados de mencionar(4). En definitiva, tener experiencias es lo que da sentido a nuestros vidas.

Tal y como indica el doctor en filosofía Oscar Horta en “Tomando en serio la consideración moral de los animales

“Lo que tiene valor son las experiencias que tenemos, todas las cosas que nos pasan a lo largo de nuestra vida, que son las que hacen que nuestra vida como tal sea, a su vez, valiosa. Tenemos intereses y necesidades porque tenemos experiencias, no por el mero hecho de estar vivos o vivas.”

Obviamente a nadie le gusta tener que sufrir para poder cubrir sus intereses o necesidades(2), y en general la rutina lo que sí que nos ofrece es poder satisfacerlos sin mayor preocupación. Pero no somos conscientes de que aceptando la misma en nuestras vidas como única e imprescindible, estamos también con ello sacrificando la posibilidad de satisfacer el interés fundamental, aunque no vital, de disponer del máximo número de experiencias positivas.

 

Llegados a este punto, indicaría que principalmente disponemos tres maneras para poder satisfacer mencionado interés en tener experiencias positivas: La vida social. El ocio y ocio creativo. Y el viaje. Cabiendo en la última la suma de las dos anteriores.

1- En cuanto a la vida social, cada vez que nos relacionamos voluntariamente y fuera del ámbito laboral con otros seres sociales, lo que solemos buscar es la satisfacción que nos produce esa relación. Una relación que en la mayoría de los casos nos proporciona ni más ni menos que la oportunidad de compartir experiencias, ya sea de forma comunicativa o experimentativa. Pues cuando salimos por ejemplo a tomar una cerveza con los amigos, incluso cuando es en el bar “de siempre”, lo que tratamos es de escapar de esa rutina que nos tiene agobiados y controlados. Salir de lo habituado para encontrar esporadicidad, ya sea en el dialogo o en lo que pudiera casualmente suceder a nuestro alrededor. Si además la relación social se establece en un lugar nuevo y desconocido (que no sea hostil), la satisfacción que nos producirá la experiencia será mayor que en un lugar conocido o normalmente frecuentado por nuestra persona.

Aquí podríamos aludir al ejemplo de dos restaurantes que cumplen con nuestra expectativa en cuanto a la comida, pero uno es muy sencillo mientras que el otro es de lujo(5). A priori pensaríamos que el restaurante de lujo “es mejor” que el sencillo(6), pero en realidad no es así, como tampoco es que el sencillo “sea mejor” que el de lujo. Lo que aquí ocurre es una cuestión de mera perspectiva ante dos tipos de experiencias distintas, una más común y otra más excepcional. Y acostumbrados seguramente a frecuentar más en restaurantes sencillos, la posibilidad de comer en compañía de nuestra pareja, familiares o amigos en uno de lujo, resultará más interesante por ser algo inaudito. Pues ello supone la posibilidad de experimentar nuevas sensaciones fuera de lo acostumbrado.

2- En cuanto al ocio y ocio creativo, este puede abarcar un gran abanico de distintas actividades (intereses). Incluyéndose en el mismo todo aquello que disfrutamos haciendo por el mero placer de hacerlo o lograr un objetivo desinteresado, pero no por deseo de conseguir algún tipo de incentivo económico o meramente material tal y como estamos acostumbrados. Pues el mero objetivo de llevar a cabo dicha empresa o cumplir con el objetivo buscado, ya supone en sí mismo satisfacción personal en forma de experiencia. Por ejemplo quien ama tocar el piano (aunque pueda hacer uso de su habilidad también para ganarse la vida), no lo hace por obtener algún tipo de incentivo ajeno, sino por el placer que le supone experimentar haciendo o tocando esa música. Lo mismo le ocurriría a tantos otros entusiastas, como el escritor, el pintor, el inventor o incluso el videojugador. Y es que si bien es cierto que todas estas actividades ociosas y creativas pueden llegar a desarrollarse en el ámbito laboral, la satisfacción que produce experimentarlas para quienes tienen interés en ellas es un estímulo positivo más que suficiente para disfrutar. Si encima eres afortunado y talentoso, y consigues que ello te dé para comer y cubrir el resto de tus intereses elementales, entonces estarías de enhorabuena.

3- Y por último tenemos el que en general suele ser el mayor catalizador para satisfacer nuestro interés por disfrutar de las experiencias. El viaje.

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El viaje da comienzo.

Siendo el viaje un constante flujo de nuevas experiencias ya sea en forma de relaciones sociales, actividades o descubrimientos, el viaje es una posibilidad excepcional para disfrutar de experiencias positivas. Es por esta razón, y no otra, por lo que verdaderamente disfrutamos cuando viajamos a lugares insólitos y lejos de nuestras repetitivas rutinas.

El viaje por un lado nos ofrece la posibilidad de relacionarnos con personas de diversos lugares e identidades (ya sea de base cultural, ideológica o religiosa), obteniendo de esas relaciones no solo la experiencia comunicativa del momento, sino además la posibilidad de recibir y materializar de forma imaginativa las experiencias de esos otros, con características tan distintas de nosotros, cuando nos explican sus respectivas vivencias. Sí, imaginando también podemos obtener experiencias, como también ocurre cuando leemos un libro o vemos una película.

Por otro lado, el viaje también nos brinda la oportunidad de realizar todo tipo y diversidad de actividades ociosas que por ende nos traen experiencias positivas; ya sea por ejemplo bañarse en un rio, en un lago o en la playa; conducir una bicicleta o un quat; practicar deportes de aventura; acampar al aire libre; visitar lugares nuevos ya sean parajes naturales, ciudades o lugares históricos; probar otros tipos de cocina; y así un sin fin de actividades entre tantas muchas.

Aunque cabe destacar, que también es cierto, que la planificación y nuestro carácter o perfil psicológico jugará un papel fundamental y destacado en cuanto al número de experiencias positivas que recibiremos durante el viaje. Ya que no son pocas las personas que terminan yendo de vacaciones a otros lugares para acabar haciendo exactamente las mismas cosas que normalmente ya hacen en sus lugares de procedencia.

“Las ciudades de todo el planeta están llenas de gente que va de un lugar a otro en vuelos baratos para comprar las mismas prendas que a diario puede ver expuestas en los comercios de la calle donde vive.”

Arturo Pérez-Reverte El francotirador paciente

A todo esto, convendría también atenerse a que en ocasiones el viaje puede traernos malas experiencias (por ejemplo porque nos ponemos enfermos, sufrimos algún accidente o nos desilusionamos una vez llegamos y conocemos el lugar), las cuales obviamente son indeseadas y atentan a nuestro interés por disfrutar. Malas experiencias que en la comodidad que nos ofrece la rutina normalmente serían más fáciles de llevar. Pero cabe destacar, que aunque una mala experiencia siempre es mala mientras se produce (pues conlleva tensión, frustración y/o sufrimiento), a veces la misma, si no es verdaderamente muy grave, puede incluso convertirse en un inventivo y recordarse con agrado cuando conseguimos superarla.

Un ejemplo claro de a lo que me refiero, sería ese momento angustioso durante las vacaciones, en el que tuvimos necesidad de correr a toda prisa para llegar a algún lugar donde resguárdanos de una espontanea y fuerte tormenta que nos dejó calados de frio y empapados de agua. Momento en el cual obviamente sufrimos, pero que una vez llegados al lugar de cobijo y sentirnos protegidos súbitamente nos sentimos satisfechos. O cuando por los pelos cogemos ese tren que casi perdemos por querer hacer más cosas de las posibles y que nos tenía que llevar a nuestro próximo destino. Podemos afirmar claramente que dichas experiencias durante el momento de vivirlas no fueron positivas, aunque al final sí que produjeron resultados satisfactorios a los que no habríamos llegado sin la tensión que nos causó la mala experiencia momentánea. Resultados satisfactorios que en nuestra memoria se almacenarán como recuerdos graciosos, agradables, o incluso queridos de una consecuencia de experiencias indeseables que al haber sido solventadas finalmente las memorizamos como positivas. Y que coloquialmente las llamamos “aventuras”. Recordemos aquí al ratón de campo cuando replicaba al de la jaula que “…más allá de todas esas comodidades que mencionaba había todo un mundo que descubrir y explorar, aventuras que lidiar…”

Y es que una aventura necesita de peligros y riesgos inesperados que agiten nuestra sangre y produzcan adrenalina, de otra manera no hablaríamos de una aventura. Es principalmente por esta razón que la rutina y la aventura son antagónicas, mientras que la primera a cambio del aburrimiento y lo conocido (falta de experiencias) nos asegura comodidad y seguridad, la segunda a cambio de riesgos y peligros que necesitamos continuamente solventar mediante experiencias nos asegura sentirnos vivos y realizados.

Las aventuras, entendiéndose por tanto que nos refiriéndonos a un conjunto de experiencias negativas y positivas con resultados satisfactorios, suelen convertirse en agradables memorias que cuando las proyectamos mentalmente (recordamos), podemos volver a sentir. Retomando esa misma sensación de satisfacción que experimentábamos durante nuestra empresa y sobretodo, cuando la resolvíamos. Esto se debe al hecho de que no solo somos capaces de experimentar, sino también de almacenar las experiencias en nuestra memoria. Y el viaje normalmente conlleva tener y recordar aventuras atestas de experiencias positivas.

Por otro lado, los conocidos deportes de aventura serían un ejemplo clave en cuanto al punto señalado. Normalmente nos ofrecen la oportunidad de experimentar sensaciones límite más allá de nuestro control, generando emociones fuertes en nuestro cerebro (experiencias) que satisfacen nuestro interés por experimentar.

 

¿Qué papel juega la libertad en la producción de experiencias?

A todo lo señalado anteriormente, resulta entendible que para poder disfrutar del mayor numero de experiencias positivas, cabría necesario destacar la importancia de que nuestra capacidad y sensación de libertad(7) no se encuentre notablemente limitada o restringida por terceros en contra de nuestra propia voluntad, o por auto-sugestión consecuente de falsas creencias o expectaciones compartidas por el grueso social (cultura, tradición, religión, etc). Entendiéndose con ello que a cuanto más amplia sea la capacidad y posibilidad de desplazamiento y pensamiento que nos ofrece nuestra autonomía (libertad) mayores serán las oportunidades y disponibilidades de disfrutar de diferentes tipos de experiencias. Y por tanto de sentirnos realizados, y por ende felices. Ya que a mayor número de experiencias positivas mayor será el grado de felicidad.

Por ejemplo, si apuntamos al caso de un preso encontraremos un claro ejemplo de lo mencionado. Y es que aun suponiendo que este preso estuviera confinado en una de las cárceles más cómodas del mundo, donde sus necesidades y otros intereses como pudieran ser leer, practicar deporte, socializar, etc. fueran fácilmente satisfechos. Al encontrar su libertad notablemente limitada a lo que únicamente puede hacer dentro de los muros del reciento, carecería de la oportunidad de tener otras experiencias que contrariamente un vagabundo, aun sin gozar de tantas comodidades como el preso, sí que dispondría (véase de nuevo el dualismo existente entre rutina y aventura). De aquí a que la cárcel se considere negativa y una forma de castigo, porque juega un papel contrario a nuestro interés fundamental por poder disfrutar de más y diferentes experiencias positivas, y no por ser antagónica explícitamente a un concepto tan ambiguo como es la libertad. Siendo esta en realidad no más que un gran abanico de oportunidades donde elegir, que además en mayor o menor medida siempre precisará estar limitada con tal de no perjudicar intereses propios o ajenos (de ahí el popular dicho “tu libertad termia donde empieza la del otro”), pero no una cualidad en sí misma.

¿Y que pasa en el caso de los invidividuos no humanos?

Desafortunadamente, en el caso de aquellos animales no humanos como gallinas, corderos, cerdos o vacas entre otros, destinados por la arbitraria moral de nuestra sociedad a ser productos de consumo, cuando en ocasiones tienen la suerte de ser rescatados, inevitablemente se tiene que privarles de libertad al recluirlos en lo que se conocen como santuarios de animales. Pero este es es un mal menor, ya que dejarlos libres atentaría contra sus intereses fundamentales en no morir y poder comer, beber, dormir, etc. que difícilmente en el mundo que ahora vivimos serían capaces de solventar por sí solos. Es decir, en este caso vemos que privarles de libertad aun suponiendo con ello negarles la oportunidad de disponer de un abanico más grande de oportunidades para experimentar, es necesario y está éticamente justificado.

Debemos de tener en cuenta también, que dependientemente de las capacidades fisiológicas y cognitivas del individuo los intereses son diversos, y eso también implica diversidad en el interés de desplazamiento (libertad) para obtener experiencias. ¿Requiere para satisfacer sus necesidades e intereses fundamentales el mismo nivel de libertad en su desplazamiento un oso polar que un perezoso? Obviamente no. Por lo tanto, en este caso sería interesante aplicar el principio de igual consideración de intereses para entender hasta que punto nos interesa a cada sujeto esa libertad a la hora de poder disfrutar de experiencias positivas.

Por lo tanto, y a pesar de la notable limitación de libertad de estos animales, si nos atenemos al principio mencionado, adevertiremos de que claramente puede ofrecérsele a cualquiera de los animales acogidos en santuarios de animales una vida plena y feliz llena de experiencias positivas. Tan solo sería necesario, que esas experiencias que normalmente disfrutarían en plena condición de libertad se compensaran con juegos u otras actividades ociosas que les permitieran disfrutar de experiencias parecidas. De esta manera se contrarrestaría el efecto físico de encontrarse limitados. Incluso pudiendo estos casos resultar más favorables que los dados en su condición natural (por ejemplo evitándo a los depredadores y disponiendo de asistencia veterinaria). Ya que por sus capacidades cognitivas, un vaca a diferencia de un humano no entenderá el concepto de libertad, y por tanto difícilmente la ansiará mientras que todos sus intereses fundamentales estén cubiertos, incluido el de disfrutar de experiencias positivas (evitar el aburriemiento).

Lo mismo podríamos señalar de quienes tienen “mascotas” en casa, así como perros o gatos. Que cohibiéndose a los mismos de un gran abanico de posibilidades a experimentar en un lo que sería un estado salvaje, no queda otra que compensar esa privación ofreciéndoseles otro tipo de actividades con las que puedan satisfacer su interés en tener experiencias positivas. Por ejemplo trayéndoles continuamente diferentes tipos de regalos a los gatos (pelotas, muñecos, cajas de cartón, etc) y también regalos, pero sobretodo paseos, para los perros.

En definitiva, lo que queremos y necesitamos los seres conscientes y por tanto sintientes (hasta lo que sabemos los animales), una vez cubiertas nuestras necesidades básias, son oportunidades para disfrutar de experiencias positivas que nos proporcionen felicidad (libertad). Y obviamente a mayor capacidad y movilidad de desplazamiento (y en el caso de los seres humanos también de pensamiento), mayores serán nuestras posibilidades para experimentar cosas positivas. Pero cuando por razones indeseadas (un ambiente hostil, condiciones adversas, un peligro ineludible, etc) resulta preferible limitar aun más nuestra libertad, en nuestras manos tenemos la necesidad y el deber con y para terceros, de buscar formas alternativas y variables dentro de la sociabilidad y el ocio, que puedan compensar la escasez de experiencias que supone una vida sedentaria.

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Un activista jugando con unos cerdos en el santuario animal “La Casita Interespecie” de Chile.

En última instancia, podríamos concluir este tópico señalando que no parece haber escapatoria alguna para ninguno de nosotros (incluyase a todo animal con SNC) a escapar del interés por experimentar. Y es que queremos o no, estamos programados genética y evolutivamente para experimentar, y de dicha causa-efecto surge entre otros, este interés fundamental a querer vivir experiencias positivas que nos puedan procurar satisfacción y felicidad.


 

(1) ( TAIBO, C (dir.). 2010. Decrecimiento. Sobre lo que hay que cambiar en la vida cotidiana. Madrid. Catarata [2010:11] )

(2) Véase por intereses principales las necesidades básicas como comer, beber, dormir, etc. Explicados más detalladamente en “derechos naturales

(3) Excepcionando aquellas personas (inclúyase a los animales no humanos) que al no disponer ni siquiera de sus necesidades o intereses básicos cubiertos por la razón que sea, resulta absurdo que traten de solventar otros intereses no vitales. Si estamos sedientos, difícilmente tendremos interés en hacer cualquier otra cosa.

(4) Cabe destacar, que desde una perspectiva evolutiva y teniendo en cuenta la objetividad que esta nos ofrece para entender la razón por la cuál los animales somos capaces de experimentar, podemos realizar que esta se debe ni más ni menos que a nuestra capacidad de desplazarnos como seres móviles e independientes que somos. Dicho de otra manera, nuestra capacidad de poder experimentar se debe a disponer de un sistema nervioso central que es capaz de interpretar la información exterior para procesarla en experiencias en nuestro cerebro (conciencia), que se ha desarrollado de modo útil para que podamos escapar de lo que nos perjudica y contrariamente permitirnos acercar a lo que nos beneficia (movilidad y desplazamiento), dando paso a los intereses. Es decir, experimentar ha sido una estrategia evolutivamente ventajosa en los animales para sobrevivir y poder transferir nuestros genes a las siguientes generaciones (siendo por ende el interés a seguir viviendo compartido por todo ser sintiente).

Por tanto, y visto de esta manera, todas nuestras necesidades e intereses se deben a que seamos capaces de experimentar, lo cual no implica igualmente, que desde nuestra propia prespectiva como individuos (subjetividad), el tener experiencias positivas no se haya convertido a su vez en un interés fundamental para nosotros mismos.

(5) Supongamos obviamente que en ambos lugares tanto la comida como la higiene cumplan con nuestras expectativas.

(6) Especulación que refuerza la propaganda materialista a la que cada día, hora y minuto nos encontramos expuestos incluso sin muchas veces ser conscientes de ello.

(7) Considerando que el concepto “libertad” es bastante complejo e incluso abstracto. Si el lector lo desea puede encontrar una descripción algo más detallada, aunque no totalmente desarrollada (dejándolo para una futura entrada), del mismo en uno de los puntos de esta publicación.