Hombría y cultura de dominación

No es novedad alguna que existe la creencia general de que poseer o consumir animales es un acto varonil y de masculinidad, pero para entender el porqué de esta idea es necesario primero atender a nuestro inicios culturales como civilización, concretamente a ese periodo decisivo de nuestra historia en el que los seres humanos pasamos a asentarnos en un espacio concreto para dominarlo y controlarlo.

Nos trasladamos pues a las montañas del actual Irak, donde se presume que hace alrededor 10.000 años algunas tribus de humanos dejaron a un lado su nomadismo para comenzar a ejercer la domesticación de ovejas, y más tarde de otras especies animales(1). Un proceso que derivó de las prácticas ocasionales de cacería de animales salvajes propias del humano nómada para alimentarse, al seguimiento continuo, castración y muerte explícitamente de los machos dominantes con tal de hacerse con el control de sus manadas. De esta manera nuestros ancestros de especie llegaron a controlar la movilidad, la alimentación y la reproducción de esos otros grupos de animales. Un fenómeno que empezó a extenderse poco a poco a lo largo del territorio y que además marcó un antes y un después en la historia de la humanidad y del planeta. Pues en ese momento dejamos de comportarnos como lo hacían el resto de animales en una red alimenticia cruel, pero bien compleja, para empezar a modificar el medio y a sus habitantes en merced única de nuestra propia conveniencia.

En consecuencia, los animales esclavizados, o eufemísticamente llamados “domesticados”, sufrían confinamiento, mutilaciones, violaciones (montas forzadas) e incluso sacrificios en las manos de nuestros ancestros con el fin de ser utilizados como herramientas de trabajo o de maximizar la producción de carne, lana, leche u otros productos de consumo derivados de la explotación de sus cuerpos. Y así es como empezó a forjarse la sociedad sedentaria del homínido humano, fundamentada en el acto de la dominación y la opresión sobre el resto de individuos de otras especies. Una dominación que emprendía principalmente sobre los animales no humanos, pero que seguidamente se haría notar también sobre otros humanos, principalmente sobre los del sexo femenino por ser biológicamente más vulnerables, o sobre aquellos otros varones capturados de tribus rivales.

En estas primeras culturas arrieras y patriarcales, disponer de una gran cantidad de animales se consideraba símbolo de riqueza y poder. Tanto es así que “el ganado” era considerado como una moneda de cambio. Y no es extraño pues, que por ejemplo la palabra latina “capital”, signifique literalmente “cabeza”, pues hace referencia a “cabeza de ganado”(2)

Y así nacieron los primeros señores de la guerra propietarios tanto “de ganado” como de esclavos humanos que se hacían continuamente la guerra entre sí para usurparse territorios y bienes. Así es como con el paso del tiempo la figura del guerrero, la del macho alfa, se constituía culturalmente hasta nuestros días en base a la dominación del fuerte sobre el débil. En base no solo al envanecimiento del varón propietario de tierras, esclavos humanos y no humanos, mujeres y extensas tropas guerreras posicionado en la cúspide jerárquica del poder social y político, sino también en la visión idealizada de su persona y poder, capacitado y representado incluso como alguien capaz de controlar y/o montar aquellos animales más fieros, fuertes y grandes; ya fuera lobos, caballos o incluso elefantes. Lo que acabó convirtiéndose en un despiadado emblema de identidad a seguir por y para todo joven con un mínimo de ambición.

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Pintura que simula la Batalla de Hidaspes en el 326aC

Este tipo de sociedades violentas basadas en el dominio y la esclavitud, fueron poco a poco ganando terreno a base de incursiones violentas y guerras contra cualquier otra tribu o grupo rival que mostrara debilidad, y estableciendo así su modus operandi en regiones de más allá de Oriente Medio. Es así como poco a poco la mentalidad patriarcal y guerrera fue imponiéndose incluso en aquellas sociedades más igualitarias y pacificas(3), que ante las incursiones e invasiones no tenían más remedio que alzarse en armas e imitar tan violentas conductas. Así es como los dioses de la fertilidad dejaban de ser venerados en favor de los dioses de la guerra, como la siembra y la recolección pasaban a considerarse actividades para niños y mujeres mientras que la caza y la ganadería exclusiva para los hombres, como las armas para guerrear se consideraban varoniles mientras que los instrumentos domésticos exclusivamente para uso femenino…

Y así es como esos valores y creencias en base a la figura del hombre fiero, guerrero y violento ha condicionado en gran parte nuestra evolución social y cultural durante siglos, hasta permanecer íntegramente impregnada todavía en los sesgos de hoy en día(4).

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Anuncio publicitario de brebaje proteínico “carnivor” basado en proteína animal (de vaca) en la que se nos muestra a un hombre corpulento y fuerte masticando carne cruda. Supuesto símbolo de hombría y poder en nuestra cultura de dominancia.

A partir de aquí, es necesario entender que estos valores predominantemente ganaderos basados en la legitimidad moral de la dominación sobre otros individuos (humanos y no humanos), han derivado evolutivamente en un endurecimiento psico-sociológico que se sustenta en nuestras creencias actuales. Un endurecimiento psico-sociológico que daña y dirige también nuestras emociones obligándonos a adaptar un sistema de valores emocionalmente erróneo y dañino de/sobre la realidad que vivimos, y empujándonos por ejemplo a considerar los sentimientos como algo importuno, símbolo de debilidad e incluso femenino. ¿Cuántas veces habremos oído “los hombres de verdad no lloran”?

Esta serie de creencias cimientan en su conjunto el sistema social, cultural, político y económico imperantemente violento al que se debe nuestro día a día con cada y una de las elecciones que consciente o inconscientemente tomamos. Desde la compra de una ostentosa cazadora de cuero, al colmillo de jabalí que llevamos colgado al cuello, o al muslo de pollo que devoramos entre amigos sin sutilezas, mientras que nos reímos de la ensalada que come María con tal de hacer eco de nuestra hombría. Nos hemos condicionado psico-culturalmente para que consumir y vestir animales nos haga sentir fuertes, poderosos, y sobretodo machos.

Si hacemos un esfuerzo por observar objetivamente la realidad diaria es fácil advertir que este condicionamiento moral imperante basado en el dominio se halla en cualquier ámbito social de nuestras rutinas. Por ejemplo en el familiar cuando suele dejarse al hombre “de la casa” el trozo más grande de carne; en el social al pasar por cualquier mercado y vislumbrar la normalización de la violencia con la exposición de cuerpos descuartizados y descompuestos de animales no humanos; en el cultural al divisar como tanto en mitos, tradiciones o costumbres se habla de guerreros, princesas y bestias (individuos no humanos); o en el político cuando incluso los animales no humanos con mayor protección legislativa disfrutan de ella no porque se valoren sus propios intereses como individuos sintientes, sino por ser nuestras propiedades.

Tal y como lo cita Carol J. Adams en su ya clásico manifiesto feminista y antiespecista “La política sexual de la carne”:

“El patriarcado es un sistema de género que está implícito en las relaciones humanas/animales. Por otra parte, la construcción de género incluye instrucciones sobre cuáles son los alimentos adecuados. Ser un hombre en nuestra cultura está ligado a identidades que claman o bien repudian lo que los “verdaderos” hombres hacen y no hacen. Los “verdaderos” hombres no comen quiche. No sólo es una cuestión de privilegios, es una cuestión de simbolismo. La hombría está construida en nuestra cultura, en parte, por el acceso al consumo de carne y el control de otros cuerpos”

Tras exponer todo este cóctel histórico-cultural de simbología masculina fundamentada en la idealización de su poder de dominación tanto de lo femenino como de lo animal no humano, diríase que no resulta ya difícil de entrever el porqué, la mayoría de hombres actuales influenciados por el ambiente sociológico en el que se ha criado (familia, educación, publicidad, cultura, etc), aún consideren la alimentación vegetariana, las novelas/películas románticas o el color rosa como algo ajeno a su esencia masciluna, mientras que consideran “de machos” comer mucha carne, poseer un perro grande y fiero, o montar una Harley Davidson (un análogo claro a montar/dominar caballos en tiempos pasados)

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Irónico que en realidad la todavía existencia de todo este enjambrado de obsoletas creencias sobre lo que debe de ser la “verdadera” masculinidad, sea precisamente muestra de la propia debilidad mental de quienes las sustentan, que al ser incapaces individualmente de cuestionarse los prejuicios establecidos por la arbitrariedad histórica-cultural, delegan su raciocinio al pensar y quehacer de la masa social.

Suerte al menos que los tiempos parecen poco a poco ir cambiando, y que ya no parece tan claro que se necesite dominar/consumir animales, ni ser explícitamente varón, para sentirse fuerte y vigoroso.

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Atletas de élite todos veganos.


 

(1) Jim Mason, An Unnatural Order: Why We Are Destroying the Planet and Each Other (New York: Continuum, 1993), p. 143.

(2) Conviene añadir que además la palabra “pecuniario” (del dinero o relativo él) también proviene del latín “pecus”, que significa ganado. También el denario (la antigua moneda romana) se denominaba así porque valía por diez asnos ( MacArthur, J. Parábolas , p. 65 )

(3) Zerzan, J. (2012). Future Primitive Revisited. New York: Feral House.

(4) Riane Eisler, The Chalice and the Blade: Our History, Our Future (New York: HarperCollins, 1987)