Sobre el falso ecologismo ( I )

Entendemos por ecologismo ese movimiento social que supuestamente pretende proteger el medio ambiente, salvaguardar la naturaleza y protegerla principalmente de las actividades del ser humano para asegurar la supervivencia de las distintas especies de fauna y flora existentes en los distintos ecosistemas alrededor del mundo.

Para ello, a través de diferentes estructuras político-sociales, principalmente desde ministerios estatales u organizaciones no gubernamentales (ONGS), se trata de proteger el medio ambiente mediante la aplicación o petición de leyes y medidas que ayuden en lo dicho. En ocasiones se llegan incluso a desarrollar espacios protegidos bajo regulaciones especiales con políticas de control y prevención del número de viandantes.

Pero dejando a un lado el modus operandi, y volviéndonos a centrar en la esencia del concepto “ecologismo” para tratar de contextualizar la verdadera naturaleza de esta concepción, es necesario destacar que a pesar de que existen diferentes corrientes de entendimiento dentro de la misma, con sus distintas similitudes o discrepancias en cuanto a percepciones, procederes, prioridades e incluso objetivos, todas ellas suelen acabar derivando igualmente en cambios insignificantes, arbitrarios e insuficientes para cumplir con sus propósitos de salvaguardar la naturaleza y el planeta en su conjunto.

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Costa contaminada llena de basura a causa de la actividad humana.

Cabe destacar ante ello, que esta carencia en sus capacidades productivas para cumplir con sus objetivos, en realidad no se debe a esas nimias discrepancias mencionadas de las distintas corrientes en cuanto al entendimiento o criterio del contexto existente como podrían ser entre otras; salvaguardar una especie en contraposición a otra ya sea por su apariencia o popularidad (caso del oso panda), o por su colaboración en el medio; considerar o no a una especie como invasora y/o peligrosa; o el establecimiento de los limites de aquellas extensiones de terreno consideradas reservas o espacios protegidos debido a su diversidad ecológica; sino a su base.

Pues por muchos esfuerzos que se pongan en la resolución de una ecuación, y aunque no se cometan errores en las operaciones, si al establecer los valores al principio de ésta nos hemos equivocado, da igual lo mucho que lo intentemos, que el resultado siempre será incorrecto. Y exactamente esto es lo que pasa con el movimiento ecologista moderno, que una interpretación errónea de los valores al establecer sus bases, frustra cualquier estrategia de proteger el medio ambiente por muy honesta y benévola que sea.

Es decir, el problema radica en que todas esas discrepancias dentro de las diferentes variantes del actual movimiento ecologista moderno derivan de una misma base arbitraria, que podríamos resumir como el entendimiento subjetivo e interesado de la realidad por nuestra propia especie; el antropocentrismo. La doctrina que asimila que el mundo ha de deberse a la percepción y los intereses de esta única especie animal por el simple hecho de ser la nuestra, la del Homo sapiens sapiens, o más conocido como Ser humano. Pero no acabamos de concebir que enlazar el ecologismo a dicha doctrina es simplemente incongruente y que nos lleva inevitablemente al fracaso por mucho interés que le pongamos. Es urgente entender que la naturaleza en sí misma no se mueve según ese concepto de dualidad por el que muestra especie parece insistir en seguir ejerciendo sus quehaceres. La naturaleza es una gran interconexión precisada de diferentes aspectos químicos y biológicos (del que nuestra especie también forma parte) que a no tenerse en cuenta en nuestros procederes como especie dominante en el planeta, es y será siempre, totalmente imposible mantenerla en buen estado. Lo que consecuentemente, también acabará volviéndose en nuestra propia contra. Pues aunque la naturaleza no necesita de los humanos, los humanos si que la necesitamos a ella.

El antropocentrismo es en definitiva un fiasco, fruto de nuestra propia incapacidad e incompetencia como especie a ser objetivos ante la realidad en la que nos encontramos. Un prejuicio cognitivo que lleva arraigado tanto tiempo en nuestras mentes, que nos es difícil ser conscientes y percatarnos de su misma existencia en cada y una de nuestras decisiones.

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Es el prejuicio dominante de cualquier sociedad humana independientemente de su ideología, religión, cultura, costumbres, etc.

Y es por ello necesario realizar un ejercicio de humildad y aceptar que a pesar de nuestro potencial como especie, no somos más que fruto de una serie de causalidades evolutivas sin mayor significancia para la vida que la que tiene un hormiguero en la inmensidad de un valle. Solo en el momento en que el ecologismo como movimiento social llegue a entender su necesidad por adaptar las actividades humanas a la naturaleza, en lugar de tratar de adaptar ésta a los intereses humanos, podrá empezar a plantear y establecer soluciones reales en la protección de la misma. Hasta entonces, dicho movimiento merecerá el adjetivo de “falso”.

Falso también, porque de ser un movimiento verdaderamente ecologista e imparcial debería de pedir las mismas medidas “de control” que ya se aplican en aquellas especies catalogadas de “invasoras”, también sobre la especie humana, por ser está verdaderamente la más dañina e invasora de todas. Esto es exactamente lo que proclama un objetivo y verdadero ecologista como el controvertido Pentti Linkola, quien defiende la eugenesia y el exterminio de nuestra propia especie hasta que se reduzca a la cantidad idónea para poder establecerse de nuevo en un reducido nicho ecológico en el que sea capaz de convivir en perfecta harmonía con otras especies.

Ante este último punto y de manera contraria, resulta irónico mencionar como en el extremo presente y opuesto, los defensores de la doctrina neoliberal (otra extensión del antropocentrismo fundada en un interesadamente tergiversado “derecho de propiedad”), utilizan el pretexto evolutivo basado en la supervivencia de “la ley del más fuerte” , para defender y disfrazar el destructivo sistema capitalista como una extensión natural del mismo comportamiento predatorio que se da evolutivamente en la naturaleza. Asumiendo por ende, que el ser humano ya se está comportándose en concordancia a los patrones dinámicos que se dan en la naturaleza misma. Cabe destacar, que aplicar dicha lógica nos trae inevitablemente como resultando un Darwinismo social.

Curioso resulta por eso, como esos mismos defensores del despotismo y la autodestrucción, rehúsan el tener en cuenta que los seres humanos, como seres conscientes y capacitados para entender la realidad objetiva en la que existimos, tenemos la opción de elegir y tomar las riendas del libre albedrio en lugar de justificar nuestros actos en según que interesados destinos convenientes a nuestros particulares deseos (derecho de propiedad, riqueza económica, poder, etc). Es por esta razón, porque el destino no está escrito, que tenemos el deber moral de evolucionar en concordancia y armonía al mundo en que vivimos, y no en contra del mismo asumiendo inconsciente o conscientemente no ser más que una enfermedad para la vida (lo cual también sería natural).

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No existe un destino predeterminado, más que el que elegimos o permitimos.

A todo esto, cabe destacar en la necesidad de entender nuestra visión del mundo desde una nueva perspectiva moral y ecológica. Una que sin pedir el exterminio de individuos independientemente de la especie que sean cuando su número pueda perjudicar el equilibrio natural (tal y como sugiere Linkola) o sin dar el visto bueno a la continuidad arbitraria del antropocentrismo presente en el sistema capitalista y sus falsos ecologismos, nos lleve a resultados satisfactorios resolviendo la actual problemática de nuestro proceder como especie. Pero para ello, insistimos, es necesario de que el ser humano deje de considerarse a sí mismo el centro del universo, aunque sí una herramienta clave para establecer un verdadero progreso en la evolución del mundo natural y humano en su conjunto.

Y es en este punto, cuando inevitablemente se vuelve imprescindible para construir una base fuerte y firme en el alzamiento de este nuevo paradigma realista (basado en los valores y límites reales del mundo natural existente), que también consideremos moral y legalmente las necesidades e intereses de los individuos del resto de especies animales por sus propias razones, y no por razones arbitrarias adjudicadas convenientemente a los intereses de nuestra especie tal y como hemos estado haciendo hasta ahora. Solo de esta manera estaremos renunciando a la dañina mentalidad del antropocentrismo, y de paso terminar a su vez con su envilecimiento más extremo, el especismo.

 


Si quieres seguir leyendo al respecto dispones en continuidad de éste, su segunda parte, en la cual trataremos de indagar sobre las bases teóricas de este nuevo paradigma que aquí proponemos.