El insaciable consumismo y su relación con la comida

Atrapados en una sociedad que nos incita a producir y comprar de manera irreflexiva, innecesaria e incluso perjudicial, hemos quedado emocional e intelectualmente anclados en la superficialidad y la decadencia moral. Sin ser capaces de advertir de que el acto más revolucionario contra ese consumismo se haya en algo tan básico como son nuestros platos.


Suena el despertador a las 7 de la mañana y nos levantamos con el objetivo de ir al trabajo, donde invertiremos más de 9 horas entre trayectos, comidas y faena haciendo algo que seguramente ni siquiera nos gusta ni nos interesa, repitiéndolo así durante al menos cinco días a la semana. Y cuando llegamos a casa después de esa agotadora jornada laboral nos sentimos reventados, pero no podemos olvidar de que en ella también hay faena que realizar. Así que al final del día el tiempo que nos queda para disfrutar haciendo lo que nos gusta es bastante escaso, por no decir efímero, y suele reducirse a ver un rato la tele, a ejercer la navegación fantasma por internet, a tomar una cerveza con algún amigo fuera y poco más. Los más sacrificados quizás invertirán parte de ese escaso tiempo libre que les queda para hacer algo productivo, como practicar deporte o algún otro tipo de actividad personalmente beneficiosa, pero no por ello divertida.

Y así termínanos un día más con la rutina del día a día propia la sociedad productivo-consumista, pues no podemos olvidarnos de que la necesidad biológica de descansar ya empieza a hacerse notar, y que aunque algunos incluso se arriesgan a hurtar tiempo de la misma, llega el momento en que uno no tiene más remedio que meterse en el sobre para afrontar con algo de energía esa misma rutina del día siguiente que se avecina.

Finalmente llega el fin de semana, y salvo excepciones, esos dos días tan ansiados se transforman en amnésicas noches de borrachera con el fin de desahogarnos mentalmente acompañadas de breves tardes de resaca. O en repetidos paseos por el centro comercial buscado aquello que la televisión nos dijo que teníamos que comprar. O en acostumbrados y largos cafés junto a otros que están tan aburridos como nosotros. O en cenas de compromiso en algún restaurante pijotero entre una docena de sonrisas falsas tratando de aparentar lo que no somos ni tenemos. Y así podríamos seguir apuntando a un largo etcétera de actividades similares que no tienen otro fin que el de lapidar nuestra supuesta libertad de elección y tiempo propia del Capitalismo. Hasta que entonces el Lunes llegó de nuevo…

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Un día más de camino al trabajo.

Y resulta que al final, el valor de nuestras vidas se reduce a producir y consumir, convirtiéndonos a nosotros mismos no en más que en meras victimas y esclavos de nuestras autónomas conductas.

“¿Que somos? Consumidores: Subproductos obsesionados por un estilo de vida. Asesinato, delito, pobreza… son cosas que no me incumben; lo que si me importa son las revistas de famosos, una TV con 500 canales, el nombre de alguien en mi ropa interior, crecepelos, viagra…SUCEDÁNEOS”

Tyler Durden en “El club de la lucha”

Hogares llenos de cosas vistosas, muebles extravagantes, ropa de marca, un coche bonito, el último iphone, toda una gama de perfumes, llaveros, joyas, bisutería barata y demás parafernalia superflua. En eso gastamos el dinero que tanto nos cuesta ganar produciendo mientras consumimos a su vez nuestras miserables vidas, para comprar cosas inútiles e innecesarias que la mayoría de las veces ni siquiera deseamos o utilizamos.

“Cuando tú compras, no compras con el dinero, compras con el tiempo de tu vida que tuviste que gastar para ganar ese dinero. Y si ese dinero te cayó del cielo, no tengas duda que alguien gastó tiempo de su vida para que ese dinero se acumulara. Quiere decir que cuando tú estás comprando, estas comprando no con monedas sino con tiempo de vida humana (…) la vida no solo se hizo para trabajar, la vida es corta, la vida hay que vivirla, y para vivirla hay que tener tiempo y tiene que ser tiempo libre”

José Mujica, ex-presidente de Uruguay

Estamos tan obsesionados por lo material, que no acabamos de darnos cuenta de que los objetos con los que continuamente nos hacemos no nos provocan ningún tipo de felicidad, más que una mera satisfacción fugaz e inmediata ante la novedad que supone la adquisición. Pero que al final, tan pronto como veamos alguna otra novedad más reciente que la propia, no tardará en transformarse en frustración. Y así es como vivimos en la era del estrés y la depresión, en la que la publicidad corporativa que se lucra en moldear nuestras mentes a través de factores psicológicos y emocionales, no tiene más fin que el de endosarnos el mensaje de que trabajar y consumir no solo nos traerá prosperidad, sino también estatus social.

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Imagen crítica del típico consumidor común, caricaturizado como un zombi por carecer de criterio moral o/y racional en sus compras.

Tanto deseamos poseer cosas que al final estas son las que acaban poseyendo nuestras vidas y mentes. Si quieres una casa grande y bonita, pide un crédito a un banco, adéudate y oblígate a estar trabajando toda tu vida para poder algún día pagarla.

Pero es que además no solo consumimos de forma irracional e innecesaria, sino también de manera dañina e indiferente. Pues la mayoría de productos y servicios por los que pagamos suelen derivar de costes intencionadamente ocultos o disfrazados que derivan de la explotación de otros, ya sea con su trabajo, sus cuerpos, sus vidas o incluso contra el medio ambiente.

Así pues, hasta que no consigamos quitarnos nosotros mismos la atadura de control mental que supone el materialismo para nuestro ser y todo lo que nos rodea, difícilmente conseguiremos disfrutar completamente de nuestras vidas. Porque la libertad y la felicidad no se limitan como nos han hecho creer a la posibilidad de elección propia del consumismo extremo en el que hemos sido “apropiadamente” adoctrinados. Nuestras mentes no serán realmente libres si no nos damos cuenta de que el negarnos a elegir entre esa superflua gama de productos es donde reside un verdadero acto de “libre elección” y revolución. La elección con conciencia.

A lo dicho, hay que tener en cuenta algo primordial, y es que el principio de esa verdadera elección con conciencia reside en nuestros platos, en lo que elegimos consumir en forma de comida esas tres veces al día. Pues tanto desde una perspectiva física como espiritual, hay algo que racionalmente no se puede negar;  somos lo que comemos, ni más ni menos.

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Consumidores “zombis” motivados únicamente por su apetito para hacerse con una hamburguesa

De esta manera es como la comida puede suponer una barrera psicológica que nuble y entorpezca las ideas de nuestra mente, o por el contrario una fuente de rejuvenecimiento tanto mental como intelectual. Es decir, si elegimos comer productos animales o derivados de estos estaremos optando por perpetuar en nuestras mentes la atadura de un consumismo indiferente. Pero si por el contrario decidimos abstenernos de alimentarnos con el dolor y la vida de otros individuos permitiremos que nuestra empatía natural florezca de nuevo junto con todos sus alicientes creativos e intelectuales. Y estaremos realizando una conexión cognitiva con todo lo que nos rodea, siendo capaces de advertir nítidamente entre el resto de mentiras y verdades de nuestra decadente sociedad materialista.

“El confinar y matar animales para hacer comida, nos fuerza a reprimir nuestra compasión natural, perversa nuestros sentidos y nos aleja de la intuición para empujarnos hacía el materialismo, la violencia y la desconexión.”

Will Tuttle, The World Peace Diet

Puede que algunas persona piensen que esto resulta un tanto místico y falto de evidencia científica, pero no as así. Pues en la ciencia de la psicología existe una respuesta lógica y empírica que explica dicho fenómeno y que se conoce como disonancia cognitiva. Esta patología mental es el resultado de un conflicto entre el sistema de ideas, creencias o emociones del individuo con sus acciones, por ser contrarios entre sí. La relación del mismo con lo que comemos se debe a que la gran mayoría de nosotros sería incapaz de criar a un animal no humano para luego matarlo y comérnoslo, pues hacerlo podría dañar seriamente nuestra sensibilidad natural(1), pero por el contrario permitimos que otros lo hagan por nosotros siempre y cuando no necesitemos ser testigos de tales actos.

Una vez las piezas del cuerpo de ese animal ya han llegado a nuestros platos, tendemos a percibir esa comida como “algo”, pero no como “alguien”. Y solo cuando por razones normalmente indeseables(2), llega a nuestro conocimiento esa cruel realidad inherente a nuestra comida, es cuando necesitamos encontrar algún tipo de justificación(3) que pueda apaciguar nuestras conciencias tratando de pensar que no tiene nada de malo comerla. Pero en realidad, en lo más profundo de nuestro subconsciente sabemos que el acto de comer animales va en contra de nuestros valores, aunque tratemos de evitar reconocerlo. Y aquí es cuando se hace patente ese estado mental de incomodidad permanente citado anteriormente y conocido como “disonancia cognitiva”, que no nos permite vivir de manera consciente, libre y mentalmente plena.

Además, tal y como indica Melanie Joy, psicóloga norteamericana y escritora de “Una introducción al carnismo”, sobre este conflicto mental en relación a la carne:

“La producción de carne actual es una de las prácticas más inhumanas de toda la historia de la humanidad. Y no vemos a esos animales, sencillamente, porque no debemos verlos. Porque eso nos haría sentir incómodos. Ya se encarga la publicidad de hacernos creer que viven felices y mueren sin sufrimiento. “

Es decir, el hecho de consumir animales no solo atenta contra nuestra capacidad propia de razonamiento y voluntad, sino que además también es un apoyo directo a perpetuar la opresión más extendida y aceptada por la decadente sociedad consumista/materialista; la despersonalización e inanimación de individuos. El percibir y convertir a conveniencia entidades subjetivas en objetos para ser consumidos. Sin olvidarnos además, de todas las catastróficas consecuencias ambientales que ello supone.

Para concluir, sostendremos que solo si somos capaces primero de negarnos a seguir siendo partícipes de este tipo fundamental de consumismo compulsivo a la hora de comer, podremos entonces quizás ser capaces también de evadir la infelicidad que nos produce el consumismo en cualquier otra de sus formas o versiones subsecuentes(4). Y entender al fin, que la felicidad no se haya en la compra/adquisición ilimitada y constante de posesiones materiales, sino en saber vivir de forma simple, justa y consciente como manera complementaría a nuestra necesidad innata por experimentar positivamente nuestras vidas.

Al final, solo seremos mental y realmente libres cuando permitamos a “los olvidados” ser también libres.

 


(1) A excepción de psicópatas o personas que aunque de naturaleza empática, hayan sido instruidas a eludir sus emociones para desempeñar el ejercicio de “matar” en forma de trabajo (aunque no sin padecer inconscientes episodios de neurosis)

(2) Indeseable porque mientras una injusticia es invisible, para quien es partícipe de la misma (sea directa o indirectamente), le permitirá ignorarla y obviarla. Por el contrario, cuando la misma se hace visible no le queda más remedio que afrontarla.

(3) Según la psicóloga norteamericana Melanie Joy, la justificación se funda a través de lo que ella llama las “tres N”: comer carne es Normal, Natural, y Necesario. Mecanismo autodefensivo común por parte del opresor, que se ha utilizado también para mantener otros tipos de opresión entre humanos http://vegan.cl/carnismo-y-opresion/picadas/

(4) Aunque algunas personas han sido capaces de superar la poderosa barrera psicológica que supone el alimentarse de animales o productos derivados, desafortunadamente no han conseguido despegarse totalmente del sinsentido materialista al haber caído nuevamente en las zarpas de nuevos tipos consumismo, que aunque menos dañinos, se esconden intencionadamente tras etiquetas como “ecológico”, “ético”, “vegano” o similares.