2048; Distopia de un niño del presente

18 de Noviembre del año 2048, Gerardo ya tiene 32 años. Él mismo se sorprende de que pueda haber sobrevivido tantos años a un ambiente tan hostil. Casi no le queda agua en la cantimplora, y se dirige a una supuesta metrópolis sobre la que, según ha oído hablar, en ella puedes ganarte un litro de agua potable y un par de platos de cereales al día, a cambio de diez horas de trabajo en unas excavaciones de uno de esos grandes propietarios. Es un trabajo duro, pero sabe que si no lo hace, quizás no pueda sobrevivir por mucho más tiempo.

Mientras camina por ese desértico paraje que según ha oído, una vez fueron los pulmones del planeta, se cubre con un pañuelo la cabeza para protegerse de las radiaciones producidas por el sol debidas a la debilidad sufrida exponencialmente en la atmósfera durante los últimos años de esa etapa ahora pasada llamada Capitalismo. También cubre su cara y su boca con una de esas mascaras antiguas de guerra, que supuestamente, algo le protegen de inhalar los gases más pesados, que han quedado presentes en ese aire ya normalmente contaminado.

Desertico

Recuerda haber leído en un viejo libro, que ahí se encontraban extensos kilómetros de selvas tropicales, que fueron el lugar con mayor biodiversidad terrestre del planeta. Desde insectos, ranas, serpientes, loros e incluso hasta grandes felinos, pero ahora ya no queda nada de eso… eso es solo cosa del pasado. Ahora solo hay una tierra desértica, con algunos signos de los daños que supuso la ganadería intensiva, pues se puede divisar entre esa arena seca y fina lo que seguramente son millones de huesos de vacas criadas para consumo humano de una de esas granjas industriales del reciente pasado.

A su derecha, un rio casi árido y con algo de barro negro contaminado, marca el camino a seguir hasta esa supuesta ciudad oasis. Gerardo se pregunta a sí mismo si esa ciudad sería costera, pues había visto el mar muchas veces en dibujos y fotografías, pero solo lo había visto una vez en persona cuando todavía era un niño, y ello fue antes de que el Armagedón empezase. Se pregunta si siendo el mar tan inmensamente grande, no podría realmente haber sobrevivido al menos, algún tipo de pez pequeño… Pues recuerda que su tío, uno de esos primeros profetas veganos tachados de antipatrióticos y agitadores, le había contado una vez, que la sobre-pesca ejercida por el ser humano durante los años gloriosos del periodo consumista, había dejado vacíos los océanos. Y es que ya, tan sólo a principios de este mismo siglo se pescaba a un ritmo mayor del que los océanos podían recuperarse. Consecuentemente, los corales habían desaparecido y las diferentes especies de animales marinos se habían extinguido. A pesar de ello, Gerardo aun tenía la espereza de ver algo con vida nadando dentro del mar.

Siempre se preguntaba como pudo la generación de sus abuelos y padres haber sido tan jodidamente egoístas, como pudo mantenerles tanto tiempo ciegos el estúpido hábito y adicción de comer animales… Era una verdadera lástima saber sobre la gran cantidad de sufrimiento que se podrían haber ahorrado el planeta y la humanidad, si ésta hubiera decidido evolucionar voluntariamente a una dieta totalmente vegetariana desde el principio…

Einstein